El pasado dejo de ser suceso, una imagen de espacio-tiempo, plagado de coordenadas atemporales. Mi pasado contigo es lo inverso a un cono de energía, es el bloqueo del puente al otro lado, es el alejamiento de los dioses de color de barro. Es la fría lámina desvencijada por los coitos circuitos del que brama al último, brama mejor. No se si me dejaste de ver o me ves a fragmentos, yo te veo desde mi banquito de la recepción del negocio vacío, a través del vitral que me condena. Te veo grande entre las hienas, te veo y recorro la marea de poros, y me duelen los pezones.
Te veo Hambre, como el dios que necesito de momento. Con mi decálogo de vacío, porque en ti deposito mis prejuicios.
Me digo cuando andas cerca, que es mejor esperar a que tu toques y yo abra, me rindo y yo toco, pateo tus puertas, veo a tus vírgenes empaladas, y yo deseo ser el maneral con el que empuñas en las grietas de los muros tus palabras.
Te recuerdo conmigo, a una longitud desconsiderada de pesos y medidas, me recuerdo bajo la milla náutica, bajo los pestañales broncos con los que ensombreces tus tantos ojos. Incluso recuerdo mi hora-pacífico, me siento, me paro me hinco y humillo, desnuda en la transición hiperfina del muñón de tus dos miradas.
No tengo miedo No tengo Miedo No tengo miedo.
Me acuesto sobre imágenes abandonadas y pienso. Tu caminas, te quiero seguir pero olvido que me llaman Diabla, Fiera, Loca y me siento una niñita abandonada entre los callejeros de San santo sin cabeza. Quiero cambiar el nombre de tu reino, sumergirlo en mi menstruación. Tu me miras y todos los ovarios de las mujeres que te rondan, se trenzan, erigen sus canciones, inflaman su traquea, le dan los colmillos al cielo, al leer tus encantamientos. Yo como el ovario y la serpiente, escondo mi saco de veneno, lo domo, me lo meto entre el recto, lo empujo, lo empuño, me siento sobre él, me muevo, me retuerzo, le pongo nombre, lo sumerjo entre mi cuerpo como crucifijo de Mis Adentros. Y te hago de nuevo Dios interno.
Entonces tu tomas el cuello del tiempo, lo reinventas, lo remiendas, lo retuerces y al tercer día… cortas las jaulas de mis mariposas carnívoras. Me trepas en la canala de tu lengua, sábana maravillosa de mis amarizajes forzosos. Y tus manos preñándolas de lumbre.
Mi piel te reconoce, reconoce y te parte en dos la lengua, y tu segregas a mi bestia porque estas acostumbrado a clavar Ángeles.
Mi piel se pone de pie para darte la bienvenida –primer nuevo deseo- Desearía que vieras mi piel. Tu deseaste una vez que yo viera la densidad de mirarme, y aquí estoy, a cuatro patas, a muchas lenguas, a lagrimeos que mojan hasta los muslos.
Me envinas en el parasubidas de tu lengua y de cierto de cierto te digo: Tú serás la suma de mi última muerte.
Agorero: Vidente que funda truenos entre el océano, traductor de mi piel parchada, grillete de plata.
Te gusta que sea tan imposible en distancia y alma. Porque abro las piernas y salen palabras relámpago, te gusta torturarme con el no encuentro, te gusta que volemos de Sur a Norte, que se encallen los deseos y después ahogados en alcohol, los escozamos.
Como volverte, como re verte, beberte y serte, en una lucha de cacofonías, y me dices que renunciar a los clichés es el cliché más grande, porque quiero que seas mi infinitivo por este momento. No importa que mi presente imperfecto, se arrepienta, pronto sucederá un nuevo segundo, que cauterice mi ego de culebra.
Las dicciones se contraponen, metes tu codo a mi traquea y me desmantelas, mis dedos se mastican a los dientes, se clavan en la yugular y salta el chorro de palabras, se rinde a ti.
¿Te acuerdas de la niebla? ¿Te acuerdas que era un velo tácito para que no tocaras? ¿Te acuerdas de las calles que pisamos, de las cosas que los dos, atemporalmente tocamos? ¿Te acuerdas que la vida acá donde no estamos, me va complicada? Y te digo que todo marcha, que soy dramática, te digo desde tus cuerdas bucales que no soy poética, que yo así meo, que yo así ando, con imágenes esquizokarmicas, mordiéndome el pensamiento.
Y me dices que te fascina el miedo que algún día pudiera provocarte.
Entonces recuerdo. Agorero. Porque tu buena memoria te habla de nosotros al segundo siguiente.
Nunca vi mi forma de mirarte, nunca vi como disfrazaba el miedo sumiendo los dientes y conteniendo el vientre. Me rodeabas me cercabas con tus ojos, no huías solo mantenías la sana distancia.
La intensidad es atemporal. Dices y googleas mi nombre.
Caminas callado a veces, te gustan las fugas como a mí, dices que soy algo distinto, que a veces te parezco extraordinaria, quizá lo sé, pero me hace falta asumirlo. Saberlo desde el fondo, desde los barrancos desvencijados, me olvido, me dejo inquieta, duermo sola, lloro sola, me enclaustro, me quiero cortar la lengua, llorar muda, llorar callada.
Sigues en silencio, a veces con una sonrisa que se te escapa de la comisura de la tarde. Hombre Efímero, tu no deberías trabajar en una oficina. Creo que tú y yo, deberíamos ser tan libres, tomar el equipaje e irnos a encerrar a una Bahía perdida al Sur de la Baja o al Sur de ninguna parte inventada. Llevarnos nuestra casita de acampar, una caña, y un solo cobertor. Deberíamos llevar libretas en blanco y varias plumas, -es que siempre pierdo las alas- y escribir, reinventar palabras, hacer el voto del silencio.
Escribirnos bajo el escáner del semen estelar, bajo las llagas encabritadas. Deberías escribir sobre mis senos y después leerme ese braille, con tu lengua. Porque además del gusto, tu lengua actúa para mover mí alimento y es importante para que me hables.
Tu metralla de palabras, es un órgano que se me sitúa en el interior de cualquiera de mis cavidades abandonadas. Se me sitúa a veces en la cuenca de tus ojos, que son mis dos esferas que te miran como venadita provinciana atropellada media viva, en medio de la carretera.
Cómo me envuelves, me dejas releída casi autista. Me lenguas toda.
Por eso te relamo cuando te me acercas. Porque contigo estoy como las alcohólicas, viviendo el solo por hoy, segundo a segundo.
Estoy gestando los embriones de tus palabras.