A Miguel Avilés
por romper mis hábitos mamones, mi ermitañismo
a Oscar por dejar de ser mi amante, para ser mi hermano
A Gerardo Cruz Grunerth, por escribir esta novela
A Erick Silva, por ser
A Erick Silva, por ser
Creo más en la sincronizidad de Jung, que en la teoría matemática de la probabilidad, excluyendo al misticismo que pueda circundar a la desambiguación, o el poder sobrenatural, ineludible de la predestinación. Prueba de ello, es la forma en que el libro Últimas horas (fe de erratas) del potosino Gerardo Cruz Grunerth, llegó a mí. Tenía mis últimos cincuenta pesos, y acudí con ellos a una cita en la cafetería del motel del centro, donde me hospedaba en Guadalajara, Jalisco; el escritor Miguel Avilés, me esperaba con su moleskine y un altero de libros y regalos en la mesa que daba vista a la calle Pavo, muy cerca de Federalismo, después de abrazos, sesión de tarot y el obligado cadáver exquisito, me invitó a la presentación de un libro, que tendría lugar dos días después, en el ex convento del Carmen, justo a una cuadra de mi hotel (no tendría pretextos validos para faltar). Rompiendo con mi rutina y mis hábitos ermitañistas, tuve que dejar que Avilés, pagara mi limonada, debería encerrarme en el hotel y ahorrar porque mi vida social en el centro de Guadalajara, cobraba vida. Ya en miércoles, me atreví, a asistir a la presentación de la novela de Cruz Grunerth, me senté casi al frente y con una sonrisa, disfruté de la presentación que mi amigo Avilés hizo.
Gerardo empezó a hablar, con esa energía reservada, con paz o marea bajita, no pasaron ni diez minutos, cuando al mismo momento… yo, dos metros frente a él, rogaba que la novela no costara más de cincuenta pesos. Gerardo leía sobre una prostituta, mientras yo planeaba pedirle a Miguel Avilés que me acompletara, si es que la novela se salía de mi escaso presupuesto, pero llego un momento, en que no pude pensar en nada, porque las letras, a través de la voz de Gerardo me puso en trance, y escuche… la misma voz que escucho, en esta cuarta lectura de su novela, donde la imagen poética, sigue siendo una metralla de nostalgias, su voz, es la voz de esos derrumbes, de esos nudos que no se destetan, de los que encallan cuando cuelgas el teléfono, o cuando ni siquiera cuelgas, porque ya nadie te marca.
Desde la primera línea que empecé a leer tirada en el hotel de 150 pesos la noche, entre gemidos de dos vestidas a mi derecha, portazos al frente y los mariqueos de una chica con voz aguardientosa, que le suplicaba a su proxeneta que le permitiera dormir, pensé que no sería capaz de una concentración de la lectura, pero la primera línea me sumergió en esa atmosfera tan acida en la que me encontraba, mis ojos se dejaron mecer, mi síndrome premenstrual desato la marea del llanto ahogado, ese de bebé abandonado, en un cuarto sucio, donde todos follan, cobran, usan preservativos, pero yo, leo desmantelada, con media botella de agua y cólicos, sin crédito en el celular, y la prosa poética que me fornica la yugular, la monta, brinca como en la cuerda, juega a la liga, se amarra trapecista y se deja vencer, como yo me rendí… para escribirle a un desconocido, notas a cada hoja, sobre su hermoso gajo de poesía narrada, que adopté mío.
Letras bajo UNO. Gerardo, me ha costado cincuenta pesos recibir estas letras, no me ayudan, de lo contario, mi trastorno disfórico premenstrual, ingobernable y crónico se acentúa, como el gusto por las lecturas poéticas. Estoy más que sola, y tu describes este cuarto de hotel, incluso, el techo de donde caen arañas, que amenazan en vencerme en sueño de tanto verlas caer a la sabana sudada y cortarme los canales auditivos; seguir la lectura, perseguir y desear la línea siguiente, para saber que no soy tan igual, que tus situaciones, que estas últimas horas.
Ocaedro sin-razón: Esto no puede ser casualidad, aquí llueve, no te miento, es jueves primero de octubre, y también llueve en tu novela, de pronto me siento desorbitada, juegas conmigo, o hice esa extática conexión, como lo hace Bastian en The Neverending Story, y llueve en tu Octaedro y llueve en la calle Pedro Moreno. Mi botella de agua ha llegado a su fin, y tus alcantarillas beben agua con sed salvaje, vuelvo a llorar, cierro mis ojos astigmatas, miopes, y duermo.
Dos, Its more than thunder: Sigo chillona, sigo, y hoy si me asusta la idea de salir de esta habitación sin sanitario, me da miedo cruzar la mitad del cuarto piso en donde me hospedo, y que alguien me haga daño, jalo el bote de basura, y meo, como niña asustada, que solo sabe el camino de regreso a la cama.
Gerardo, sigo mas sola que nunca, sigo con el corazón molido, listo para etiquetarlo, corazón ceviche, o carne de pecho molido. Avanzo en la lectura; se que debo decirte esto, voy en contra de las apologías, de los elogios gratuitos y las sobadas de lomo, pero esto, realmente surca, hecha la semilla, y se pone a crecer. ¿Sientes el vacio que siento yo cuando escribo? Ese miércoles, me firmaste el libro, te hablé sobre mi novela, evité ser tan tímida como suelo ser, con mi voz de niña temerosa y solitaria, en una ciudad, donde las ratas abrazan por compromiso, por consideración.
Gerardo, el oficio de tu escritura, puede olerse con la soltura del sortilegio natural, de ese que se trae en los genes, y si no se cultiva, se seca, como se secan las especias mal cerradas, o las orillas de los embutidos, o como se hace amarillento el queso que se orea demasiado tiempo dentro incluso, de un mismo refrigerador, Creo Gerardo, que mucho de esta novela, nació en soledades, en tu libreta que cargas de pasta de piel, estilo italiana, con un cordel que le da tres vueltas o más, como ahora lo hago yo, con estas hojas, que afortunadamente se tiraron setecientas veces.
Its more that sad times: Dices que las cosas no siempre están bien, subo a un pájaro turbina, y me dirijo al aeropuerto internacional de Tijuana, me despido del hombre que amo, y me siento la mujer más triste del mundo, ah, pero que alivio, no soy la única, porque el espejo en tu novela, también lo está. Anoche, me sentí tal como la muñeca fea, sabes, el no me deseaba, prefirió verme desnuda, y hacerme hablar, prefirió cantar sus nanas, criticar mi forma de vestir, comparar mis pechos con los pechos firmes y morenos, de su última modelo que fotografió, me sentí como la puta de este fragmento, como la de la carita llena de hollín, acepté el billete de quinientos que Oscar me extendió, pero fuera de eso, no quiso hacerme el amor, solo quería ciertos favores sexuales, bajo sus cláusulas. El me ve atrapada en los rincones, me ve quebrada, se me salen los mocos, junto a los mocos de la puta que relatas, Oscar me dice, ya no llores tontita, y tú escribes que mis amigos no son los del mundo. Sara… Gerardo, tu puta se llama Sara. Elizabeth, yo me llamo Elizabeth.
De ahora en adelante, busco en las canciones infantiles, trasfondos, entretelas, juegos inconscientes, desdoblamientos, esta parte, me ha impactado, el juego entretejido de la canción y tu narrativa, fue lo que me engancho en aquella sala de el ex convento del Carmen. Y hoy, se por qué .
Puerto de Ensenada Baja California.
Noviembre de 2009
He descubierto que acabo de despertar.

7 rayan:
Hay, hay mi amigo Avilés
jajaja lo siento tengo que decirlo, ese fuiste tu celoso Allan ajajaja beso carnal
Jajaj si bien que sabes los pecadotes que cometes medinga jaja
jajajajaa... no me estes evidenciando carajo,,,
Visite el hotel donde te hospedaste
Ja no tienes verguenza... y te acordaste de mi? mientras dormias claro.
Hola, Elizabeth...
Gracias.
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